jueves, 29 de septiembre de 2011

El orden que yo ansío. El mejor día de verano.

He descubierto otra habitación en Parallel.
Mis compañeros me dicen que lleva allí desde que empezamos.
Mis compañeros son Choche, Xabi y Cristiana.
Yo les aseguro que no la había visto nunca.

Piensan que estoy loco.

Abro la puerta de la nueva habitación.
Curiosidad.
Tengo miedo.
Detrás de la puerta está todo muy ordenado.
Siento placided.
El órden que yo ansío.
El mejor día de verano.
También recuerdo unas cortinas blancas.
Entro.

Sobre la cama hay una chica rubia.
Está leyendo.
Tiene gafas.
No se extraña al verme.
Me saluda como si me conociera.
Golpea el colchón con una sonrisa.
Me está invitando a sentarme.
A su lado.
Los dos leemos su libro.
Por la página en el que ella lo tenía.
Silencio.
El órden que yo ansío.
El mejor día de verano.

De repente descubro a mis compañeros de piso.
Observan por la puerta entreabierta.
Nos espían.

En ese momento descubro que todo eso se trata de una trampa.
Sé que algo malo va a suceder.

Pero me da igual.
Pase lo que pase creo que valdrá la pena.

Dice que va a cambiar.

En el sueño ella me dice que va a cambiar.
Yo no la creo.
Insiste.
Puedo ser diferente, dice.
Parece sincera.

Y empiezan las arcadas.
Le siguen las convulsiones.
Oigo sus huesos crujir.
Supuran líquidos de todo su cuerpo.
Se le cae la piel.
Tiene otra en el interior.
Grita de dolor.
Muchos agudos.
Todo muy Cronenberg

Yo miro incrédulo su transformación.

Por fin deja de gritar.
Se pone en pie.
Me sonríe con confianza

Ella dice:
¿Lo ves? ¿He cambiado? 

Pero yo la veo igual.
Exactamente igual que antes.
Y me da un poco de pena.
Porque yo quería que fuera un poco diferente.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Lo importante es volver a casa.

Lo de hoy no es un sueño.
Es una explicación para poder entender ciertas conductas que tengo cuando sueño. 
Una metodología que me ayuda a despertar de ciertas pesadillas. 
Lo voy a contar en tres actos porque los que me conocen saben que me chiflan los tres actos:

I.
Desde hace unos meses llevo un reloj dorado. De agujas. No es de oro. Es dorado. No tiene ningún valor. Es un Casio cutrón pero que para mi tiene un gran valor porque me lo regaló mi amiga Liana. El reloj está roto. Está parado a las 9 en punto. Tal y como me lo regaló Liana en su día. Por cierto, creo que el reloj fue el atrezzo de alguna película en la que ella participó como script. No sé bien la historia. Se la tengo que preguntar a Liana, que me la cuente bien. Pero, bueno, en realidad eso da igual.



II.
Todo el mundo que ve el reloj me hace las mismas preguntas: ¿Por qué llevas ese reloj de oro? ¿Eres un mafiosillo? ¿Lo llevas a modo de pulsera? ¿Eres un modernillo? Pero si además está roto...
A algunos les digo que sí, que soy un modernillo o un mafiosillo...
A otros les cuento la verdad:
La verdad del porqué de un reloj dorado que no funciona en mi muñeca, se basa en la idea de crear UNA CONSTANTE en mi vida cotidiana a la que pueda recurrir para despertar cuando tengo pesadillas. No es nada nuevo, ni original; muchos de vosotros conocéis este concepto de la serie Lost o de la peonza de la película Orígen. Pero mi metodología para con mi constante es un poco diferente.
Muchas veces tengo pesadillas, esto ya lo sabéis.
Pero son pesadillas tan reales que no soy capaz de despertar, pues pienso que son pura realidad.
¿Cómo descubrir que lo que estoy soñando no es real?
¿Cómo despertar a la realidad?
¿Cómo decirme a mi mismo: "oye, M.A. que no hay cámaras en la habitación, deja de buscarlas, estás soñando, esto no es real, en la realidad no hay cámaras escondidas en tu habitación"?

¡Exacto!
¡La clave está en el reloj dorado parado en las 9!

Resumiendo:
He creado un elemento cotidiano inquebrantable (puesto que nunca cambia de hora) pero a la vez surrealista en la realidad (creedme que nunca llevaría nada dorado en mi vida cotidiana). Cuando sueño o estoy fuera de mi mismo (a veces funciona para volver de una borrachera, un ataque de ansiedad o de un viaje de tripis), miro el reloj y me repito:

"M.A. son las nueve. Llevas este absurdo reloj de ojo..." 
"¿No te das cuenta? ¡Estás soñando! ¡Vuelve a casa!"

A continuación respiro y vuelvo a casa.

III.
Los más listillos que leais esto, me preguntaréis:
Claro, claro... ¿Pero qué pasa si sueñas con que tienes un reloj de oro que marca las 9? Es decir, ¿qué pasa si ese elemento del mundo real, de tan viciado, pasa al mundo onírico?
¡Correcto!
¡Esa es una gran posibilidad!
Pero es tan sencillo como buscar otro elemento como constante. Algo que sea ajeno cuando estás despierto pero que te ayude a volver cuando estás durmiendo. Probablemente este reloj no sirva en unos meses, no será difícil deshacerme de él, la verdad... Entonces lo cambiaré por un collar de macarrones, una pinza en la cabeza de Hello Kity, o tal vez lleve las uñas pintadas con absurdos colores ordenados con estrategia...
Cualquier cosa que sirva para volver.
Ya sabéis, lo importante es volver a casa...

viernes, 9 de septiembre de 2011

Mofletes grises

Sueño que llego a un bar de copas.
Luz roja.
Medio elegante.

Veo una chica sentada.
Tiene la cara redonda.
Mofletes.
Me resulta muy atractiva.
Está apoyada en la barra.
Aburrida.
Juega a golpear los cubitos de hielo.
Con la pajita.

Voy hacia ella.
Confianza ciega en mi mismo.

A los cinco minutos ella está sonriendo.
Intentando ocultar que está loca por mi.

Empiezo a decirle cosas bonitas al oído.
Ella escucha y se empieza a sonrojar.

Sigo hablando en su oreja.
No recuedo el qué.
Pero funciona pues sigue emocionada.
Siempre sonriente.

Y sus mofletes pasan del rosa al rojo.
Del rojo al lila.
Del lila al violeta.
Cuando sus mofletes son de color gris la emoción se ha transformado en convulsión.

La chica pierde el conocimiento.
De tantos alagos en su oreja.
Se golpea contra el suelo.

Ahí se queda.
Con los ojos al revés.
Mofletes grises.
Creo que muerta.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Familia feliz

Caminamos ocultos entre los arbustos.
En una urbanización de verano fuera de temporada.
Casitas bajas y blancas.
Jardín y piscina.

No queremos que nos descubran.
Somos unos cuantos.
No conozco a nadie.
Como siempre.
Pero soy el cabecilla de la pandilla.

Miro dentro de las casas.
A través de las ventanas.
Buscando algo.
Por fin una casa está vacía.

Rompo el cristal.
Abro la puerta.
Les digo que me sigan.
Entramos.

Les doy órdenes a mis compañeros:
Tú serás la madre. Tú el padre. Vosotros dos los hijos. Yo seré la abuela.

Cada uno sube a su habitación.
Todos conocemos nuestra misión.
Nos vestimos con la ropa de los armarios.
Con delicadeza.
Con cierta coquetería.
La ropa de la abuela me sienta tan bien...

Bajo al comedor.
Por las escaleras de caracol.
Todos están allí.
Esperándome.

El padre lee el periódico con detalle mientras fuma en pipa.
La madre riega las plantas mientras silba una canción de madre.
Los dos hijos juegan con un puzzle. Se pelean por las fichas.

Somos una familia feliz.

La fiesta del estramonio

Hay una fiesta al final del camino.
Luces de colores.
Música de baile.

Voy con alguien con muy mal aspecto.
Cicatrices en la cara.
Delgado.
No lo conozco.
Los dos ocultos en la oscuridad.
Miramos a los alrededores.
Estamos nerviosos.
Con miedo de que alguien nos descubra.

Llegamos a la fiesta.
Es una fiesta teenager americana.
Vasos de plástico rojos y rubias animadoras.

Nos recibe un adolescente rubio.
Con un sobre.
Lleno de billetes.
Mi compañero macarra se saca una bolsa llena de polvo blanco.
Todo muy de película mala.

En ese momento sé que el adolescente piensa que esa bolsa va a animar la fiesta.
Pero no es así.
El polvo blanco es estramonio.
Los hemos engañado.
Ese polvo va a matarlos a todos.
La fiesta acabará en funeral y esas cosas...

Y no hago nada para impedirlo.
Me da igual.

Vuelvo a la oscuridad.
Con el dinero.
Con mi amigo el macarra.
Silvando la canción del trabajo bien hecho.

FIN


Lo que realmente me llama la atención es que es la segunda vez en poco tiempo que sueño con la idea de SABER QUE ALGUIEN VA A MORIR Y NO HACER NADA PARA REMEDIARLO. 

sábado, 6 de agosto de 2011

En Av.Paral·lel no se puede dormir.

Es imposible dormir.
Demasiado ruido en Av.Parallel.

Decido bajar a comprar unos tapones a un tienda de tapones.
De guardia.
En calle Blai.

Me atiende una mujer madura.
Es muy atractiva.
Más simpática todavía.

Cuando me da los tapones recuerdo que no tengo dinero.

Esta es la conversación que le sigue:
- Vaya... Me he olvidado el dinero en casa. Ahora vuelvo a por los tapones. Vivo aquí al lado. En Paral·lel.
- ¿Tan cerca? Si quieres te acompaño. Me das el dinero y así no tienes que volver. A mi no me importa...

Después me sonríe con una complicidad que no acabo de entender.
Pero acepto.

Caminamos hasta mi casa.
Sin hablar.
La banda sonora es el tráfico de la avenida que lo empezó todo.

Creo que ya nos estamos desnudando antes de cerrar la puerta de mi casa.
Me olvido del sueño.
Que tenía que dormir.

Nos besamos con la boca muy abierta.
Con lengüetazos.
No es pasión.
Es posesión.
Como dicen que desean las mujeres maduras.

Le arranco la ropa interior.
No me fijo si se trata de braguita, tanga, culot o color carne.
Una pena para la estadística.

Le separo las piernas.
Y descubro que su coño es un morro de cabra.



Una cabra negra.
Con sus dientes.
Con su lengua.

Tengo un importante momento de incertidumbre.
Pero recuerdo que estas cosas se hacen con el cuello.
No con la lengua.
A la mujer madura parece gustarle.
Yo estoy confundido.

Entonces pienso que, definitivamente, comer su coño es como besar a una cabra.
Y que nunca más podré mirar a la cara a una cabra de la misma forma.
Por suerte en Av.Paral·lel no hay muchas cabras.