miércoles, 7 de septiembre de 2011

Familia feliz

Caminamos ocultos entre los arbustos.
En una urbanización de verano fuera de temporada.
Casitas bajas y blancas.
Jardín y piscina.

No queremos que nos descubran.
Somos unos cuantos.
No conozco a nadie.
Como siempre.
Pero soy el cabecilla de la pandilla.

Miro dentro de las casas.
A través de las ventanas.
Buscando algo.
Por fin una casa está vacía.

Rompo el cristal.
Abro la puerta.
Les digo que me sigan.
Entramos.

Les doy órdenes a mis compañeros:
Tú serás la madre. Tú el padre. Vosotros dos los hijos. Yo seré la abuela.

Cada uno sube a su habitación.
Todos conocemos nuestra misión.
Nos vestimos con la ropa de los armarios.
Con delicadeza.
Con cierta coquetería.
La ropa de la abuela me sienta tan bien...

Bajo al comedor.
Por las escaleras de caracol.
Todos están allí.
Esperándome.

El padre lee el periódico con detalle mientras fuma en pipa.
La madre riega las plantas mientras silba una canción de madre.
Los dos hijos juegan con un puzzle. Se pelean por las fichas.

Somos una familia feliz.

La fiesta del estramonio

Hay una fiesta al final del camino.
Luces de colores.
Música de baile.

Voy con alguien con muy mal aspecto.
Cicatrices en la cara.
Delgado.
No lo conozco.
Los dos ocultos en la oscuridad.
Miramos a los alrededores.
Estamos nerviosos.
Con miedo de que alguien nos descubra.

Llegamos a la fiesta.
Es una fiesta teenager americana.
Vasos de plástico rojos y rubias animadoras.

Nos recibe un adolescente rubio.
Con un sobre.
Lleno de billetes.
Mi compañero macarra se saca una bolsa llena de polvo blanco.
Todo muy de película mala.

En ese momento sé que el adolescente piensa que esa bolsa va a animar la fiesta.
Pero no es así.
El polvo blanco es estramonio.
Los hemos engañado.
Ese polvo va a matarlos a todos.
La fiesta acabará en funeral y esas cosas...

Y no hago nada para impedirlo.
Me da igual.

Vuelvo a la oscuridad.
Con el dinero.
Con mi amigo el macarra.
Silvando la canción del trabajo bien hecho.

FIN


Lo que realmente me llama la atención es que es la segunda vez en poco tiempo que sueño con la idea de SABER QUE ALGUIEN VA A MORIR Y NO HACER NADA PARA REMEDIARLO. 

sábado, 6 de agosto de 2011

En Av.Paral·lel no se puede dormir.

Es imposible dormir.
Demasiado ruido en Av.Parallel.

Decido bajar a comprar unos tapones a un tienda de tapones.
De guardia.
En calle Blai.

Me atiende una mujer madura.
Es muy atractiva.
Más simpática todavía.

Cuando me da los tapones recuerdo que no tengo dinero.

Esta es la conversación que le sigue:
- Vaya... Me he olvidado el dinero en casa. Ahora vuelvo a por los tapones. Vivo aquí al lado. En Paral·lel.
- ¿Tan cerca? Si quieres te acompaño. Me das el dinero y así no tienes que volver. A mi no me importa...

Después me sonríe con una complicidad que no acabo de entender.
Pero acepto.

Caminamos hasta mi casa.
Sin hablar.
La banda sonora es el tráfico de la avenida que lo empezó todo.

Creo que ya nos estamos desnudando antes de cerrar la puerta de mi casa.
Me olvido del sueño.
Que tenía que dormir.

Nos besamos con la boca muy abierta.
Con lengüetazos.
No es pasión.
Es posesión.
Como dicen que desean las mujeres maduras.

Le arranco la ropa interior.
No me fijo si se trata de braguita, tanga, culot o color carne.
Una pena para la estadística.

Le separo las piernas.
Y descubro que su coño es un morro de cabra.



Una cabra negra.
Con sus dientes.
Con su lengua.

Tengo un importante momento de incertidumbre.
Pero recuerdo que estas cosas se hacen con el cuello.
No con la lengua.
A la mujer madura parece gustarle.
Yo estoy confundido.

Entonces pienso que, definitivamente, comer su coño es como besar a una cabra.
Y que nunca más podré mirar a la cara a una cabra de la misma forma.
Por suerte en Av.Paral·lel no hay muchas cabras.

sábado, 30 de julio de 2011

Conozco el secreto.

Hay un secreto escrito en la ciudad.
En el suelo.
Palabras escritas en las aceras.
En las carreteras.
En los callejones.
Sigo una gran frase.
Palabra por palabra.

Es algo muy importante.
No recuerdo los porqués.
Aún no entiendo el mensaje.

Pero sé que es muy importante acabar la frase.
Entender el párrafo.
Llegar a la verdad del relato.

Atravieso corriendo las palabras de la ciudad.
Los parques. Las avenidas. Los barrios marginales.
Nervioso.
Creo que hay una extraña cuenta atrás.
Un concurso de la tele.
La mecha de una dinamita.

Llego a una colina que se transforma en precipicio.
Después llega el mar.
Punto. Y final. Leo FIN en letras azules.
He memorizado todas las palabras.
¡Tengo el mensaje!
¡Conozco el secreto!

Alguien me empuja.
Siento dos manos con fuerza sobre mi espalda.

Me caigo por el precipicio.
Dirán que era una trampa.
Pero me da igual.
Porque conozco el secreto de la ciudad.

lunes, 25 de julio de 2011

La mejor fiesta del mundo.

Me hablan de una fiesta.
La mejor fiesta.
Hay que bajar unas escaleras y llegamos.

Está oscuro.
No hay música.
No parece una fiesta.
Insisten.
Sigo bajando.

Cierran la puerta a mis espaldas.
Un sonido metálico retumba por toda la habitación.
Me han encerrado.
Estoy solo.
Parece un lugar enorme.
Hace frío.
No puedo ver nada.

De repente un tren pasa por mi lado.
Lo ilumina todo durante unos segundos.
Descubro un andén, una vía, unos bancos sucios...

Otra vez oscurididad.
Silencio.
Hasta que vuelve a pasar otro tren.
Todo se vuelve a iluminar.
Y vuelve la oscuridad.
El tren se aleja.

Una.
Y otra vez.

Una estación de tren abandonada.
No hay fiesta.
Oigo unas ratas caminar por la via.
También gritan.
Al menos no la fiesta que yo imaginaba.



Alguien me ha engañado.
Otra noche de mierda...

miércoles, 20 de julio de 2011

La piscina del jardín

Voy corriendo.
Atravieso un jardín.
Césped verde muy bien cuidado.

Al final del camino hay una enorme piscina azul.
El sol la ilumina.
Me pito la camiseta mientras me acerco.
En bañador.

Parece que la piscina está llena de gente.
Se divierten.
Sonríen sin parar.
Juegan con flotadores.
Salpicando.
Ese gran día de verano que todos recordarán.

Por fin llego.
A punto de saltar en bomba.
Pero en la piscina no se divierte nadie.
Los bañistas se están ahogando.
Todos.
A la vez.
No pueden ayudarse entre ellos.
Gritan asustados.
Salpicando.

Decido no meterme en la piscina.
Pronto llegará la calma.
Creo que estamos a finales de agosto.

sábado, 2 de julio de 2011

Ballenas de otro planeta

Estoy en una playa de la Costa Daurada.
Verano.
Sol.
Mil sombrillas.
Conco mil toallas.
Diez mil bañadores.

Estoy entrando en el agua.
De repente veo algo que se acerca hacia mi.
Parecen ballenas.
Un ejército.
No. No son ballenas.
Sus cuerpos brillan.
Son transparentes y su interior es luz.
Tienen muchos ojos.
Me miran.
Se acercan hacia mi.
Rápidamente.
En ese momento descubro que son ballenas de otro planeta.

Grito.
Asustado.

Todos los bañistas se levantan.
Miramos a las ballenas de otro planeta.
Con rabia.
Con odio.
Han invadido nuestra playa de la Costa Daurada.


Despues las ballenas extraterrestres están muertas.
De repente.
No sé cómo lo hemos hecho pero están en fila.
En la costa.
Desangrándose.
Las miramos orgullosos.
Sus luces se van apagando.
Y mientras las ballenas dejan de brillar, muriéndose, empiezan a cantar una canción.
Todas a la vez.
Un coro maravilloso.
Todos sabemos que es la canción más bonita que jamás escucharemos.